Por: Juan Carlos Aguas Ortiz, Ph. D.
(Ciencia, Historia y Sociedad)
Al inicio del siglo XX, mientras el mundo se abría a la modernidad, Guayaquil se cerraba a la esperanza. Lo que la fiebre amarilla no logró en términos de muerte, lo consiguió en términos de aislamiento. Pero no fue el fin. Aquella ciudad costera, golpeada una y otra vez por epidemias brutales, se convirtió en una escuela de medicina real. Fue allí, frente al cuerpo enfermo, que los médicos entendieron la lógica invisible de la enfermedad y, con ella, la fragilidad de los mitos populares. Lo que sigue no es solo un testimonio, sino el eco de una verdad ganada con sudor y miedo: la inmunidad no es un regalo del tiempo, sino la cicatriz de haber sobrevivido.
La fiebre amarilla y la peste bubónica han cerrado a Guayaquil al libre intercambio comercial con el mundo durante largos periodos. Desde tiempos remotos, estas enfermedades se convirtieron en verdaderos muros invisibles que afectaron la vida social y económica de la ciudad.
Es bien sabido que ambas enfermedades pueden ser exterminadas con las medidas adecuadas, pero la batalla ha sido dura y prolongada. Desde 1842, un enemigo microscópico ha desatado una guerra silenciosa contra Guayaquil: el mosquito Stegomyia, que ha cobrado la vida de muchos, sobre todo de niños.
La fiebre amarilla es una enfermedad prevenible, pero lamentablemente, la ciudad ha sido considerada un foco endémico por muchos años. La enfermedad nunca desaparece del todo; unas veces aparece como epidemia, otras como casos aislados, pero siempre está presente en alguna forma.
Contrario a la creencia popular, que sostenía que quienes habitan en zonas endémicas por mucho tiempo desarrollaban inmunidad, hoy sabemos con evidencia científica que ninguna raza ni color posee inmunidad natural a la fiebre amarilla. La verdadera inmunidad solo la tienen quienes han sobrevivido a la enfermedad.
La cooperación de todos es indispensable. Como sabemos, la fiebre amarilla se transmite a través del mosquito Stegomyia, cuyo criadero principal es el agua dulce destinada para uso doméstico. Este mosquito casi no se aleja del lugar donde nace, por eso es considerado doméstico o casero.
En sus primeros estadios de vida, el mosquito vive en el agua que se usa en la casa: la que se guarda para cocinar, para la limpieza o para el baño. La razón por la que existen tantos “gusarapos” es simple: los recipientes de agua no están bien tapados, permitiendo que los mosquitos pongan sus huevos y se reproduzcan sin control.
Por eso, cuidar cómo almacenamos el agua en casa, tapando bien los recipientes, es una medida sencilla pero vital para evitar que esta amenaza invisible siga cobrando vidas y afectando a Guayaquil.
Dr. Connor, A los hijos del trabajo (1918)
Lo que aprendieron aquellos médicos no fue solo ciencia: fue resistencia. Enfrentaron la fiebre amarilla, rodeados de muerte, y aun así descubrieron que la prevención, la observación directa y la acción colectiva eran más poderosas que cualquier fármaco. Ellos aprendieron en el terreno, mirando a los ojos del sufrimiento humano y tomando decisiones que salvaron generaciones. A los médicos del siglo XXI les queda el deber de no olvidar que la medicina nace donde hay contacto real con la vida y la muerte: allí donde el conocimiento se vuelve coraje.
